Tiempo: 1 hora/hora y media (5 minutos de preparación y dejar hervir)
Equipación de cocina: Olla
- Piezas de pollo (yo suelo poner 3 contramuslos o 1 trasero completo)
- 3 litros de agua
- 1 hueso blanco (canilla blanca)
- Pastilla de caldo de verduras (no ponerle sal si se la ponemos)
- Bandeja de sopa juliana (estas bandejas para caldo que llevan zanahoria, apio, puerro, nabo...también nos valen si no la encontramos lista)
- Si no tenemos que tomarla sin hidratos, podemos ponerle fideos o la pasta que nos guste.
- Bandeja de juliana: 2,29€
- Trasero de pollo: 3.50€
- Bandeja de huesos blancos (3ud):1,39 (46cents para 1 sopa)
Poli tenía tres años y pico, y una opinión muy clara sobre casi todo.
Sabía perfectamente qué ropa le gustaba (los calcetines con rayas), qué música prefería (los tambores) y, sobre todo, qué cosas NO le gustaban.
Y en la lista de “cosas horribles” estaba, en el primer puesto, **la verdura**.
Una tarde, su mamá la llamó desde la cocina:
—¡Poli! ¡La cena está lista!
Poli apareció corriendo… hasta que olió algo raro.
—¿Qué es ese olor a verde? —preguntó sospechando lo peor.
—Es una sopa deliciosa —dijo su mamá sonriendo—, tiene calabacín, guisantes y un toque de espinaca.
Poli la miró con cara de detective.
—Eso no suena a “delicioso”, suena a castigo...
La sopa humeaba en el plato. Era de color… difícil de describir.
Un verde apagado con trocitos flotando.
—Parece pintura vieja —murmuró Poli, horrorizada.
Su mamá suspiró y se fue a poner la mesa del salón.
Eso fue un error: ¡dejó a Poli sola con la sopa monstruosa!
Poli agarró la cuchara como si fuera una espada.
—No me asustas, sopa fea, pero no voy a comerte.
La sopa no contestó. Solo hizo *blup*.
Para no aburrirse, Poli empezó a imaginar que la sopa era una criatura del pantano.
Le puso nombre: "Sopita Feosa".
Y juntas jugaron una pequeña batalla de cucharas, hasta que, de tanto moverla, una gotita saltó… ¡directo a la nariz de Poli!
—¡Eh! ¡Ataque sorpresa! —gritó.
La gotita se deslizó hasta sus labios y… Poli la probó.
Solo un poquito.
Solo para comprobar que seguía siendo horrible.
Pero… no lo era.
La sopa sabía suave, calentita, casi dulce.
Poli la probó otra vez.
Y otra vez.
Cinco minutos después, el plato estaba tan limpio que el reflejo del fondo parecía un espejo.
Cuando su mamá volvió, se quedó con la boca abierta.
—¿Pero…? ¡Si te la has comido toda!
Poli se limpió con la servilleta y dijo muy seria:
—He negociado con Sopita Feosa. Ya somos amigas. Pero solo si mañana no intenta parecer un brócoli.
Esa noche, al acostarse, Poli pensó que tal vez las verduras no eran monstruos después de todo.
O quizá sí… pero de los buenos.
Y desde entonces, cada vez que una verdura nueva llegaba al plato, Poli le ponía nombre antes de probarla.
“Pepito Zanahoria.”
“Señora Judía.”
“General Coliflor.”
Y todos terminaban siendo sus amigos de cena.
Poli tenía tres años y medio y una opinión muy clara sobre casi todo.
Sabía que los monstruos no daban miedo si se les hablaba con voz de robot, que los calcetines no debían hacer pareja y que la verdura era una mala idea.
Hasta que un día conoció a **Sopita Feosa**, una sopa verde que parecía pintura vieja… pero que resultó estar riquísima.
Desde entonces, Poli se sentía una exploradora del sabor.
Y no cualquiera: **la exploradora Poli Verdulacci** —nombre inventado por ella, por supuesto—.
Cada vez que su madre servía una sopa nueva, Poli le daba un nombre misterioso:
“Capitana Espinaca”, “Señor Calabacín de Mostaza”, o “Doctora Zanahoria Voladora”.
La visita de la prima Sara:
Un sábado por la tarde sonó el timbre.
—¡Sara ha llegado! —gritó mamá desde la puerta.
Sara era la prima de Poli. Tenía cuatro años, el pelo rizado, muchas ideas propias y una risa que sonaba como un globo desinflándose.
Le encantaban los cuentos de dragones, los disfraces y los macarrones con tomate.
Las verduras, en cambio, estaban en su lista negra. Justo al lado del champú que pica los ojos.
—Hola, Poli —dijo Sara entrando—. ¿A qué jugamos hoy?
—A algo muy serio —respondió Poli, frunciendo los labios—. Hoy vamos a descubrir el secreto de **Sopita Feosa**.
—¿Sopita qué?
—Feosa. Es fea, muy fea… pero sabrosa.
Sara la miró con sospecha.
—Las cosas feas no saben bien.
—Sí, bueno, eso pensaba yo —dijo Poli, cruzándose de brazos—, hasta que ella me ganó una batalla de cucharas.
Cuando llegó la hora de cenar, las dos primas se sentaron frente a un plato verde que echaba humo y olía a jardín después de llover.
—¡Puaj! —dijo Sara—. Parece musgo con babas.
—Eso mismo pensé yo —contestó Poli, sonriendo—, hasta que descubrí su truco.
Sara arqueó una ceja.
—¿Qué truco?
—Solo los valientes pueden saberlo —respondió Poli, bajando la voz—. Si pruebas una cucharada, **Sopita Feosa te habla**.
Sara se rió.
—¿Habla?
—Sí. Te cuenta secretos de verduras que viajan por el bosque, de guisantes astronautas, y de espinacas ninja.
Sara dudó. Pero tenía mucha curiosidad.
Agarró la cuchara, la metió en la sopa, y la probó.
Primero frunció la nariz… luego los ojos… y después sonrió sin remedio.
—¡Oye! ¡Sabe bien!
Poli levantó el pulgar.
—Te lo dije. Fea por fuera, sabrosa por dentro. Como algunos gatos con cara enfadada.
Después de cenar, Poli y Sara montaron el "Laboratorio de Sopas Ultrasecretas" en la cocina.
Pusieron delantales, cucharones y muchos cuencos vacíos.
—Vamos a inventar nuevas sopas con poderes —anunció Poli.
—Yo haré la “Sopa Amarilla del Sol”—dijo Sara entusiasmada—. Solo lleva zanahoria y magia.
Pronto toda la cocina olía a verduras, pan tostado y un poco a desorden.
Las dos primas reían mientras probaban sus inventos, dejando manchas y migas por todas partes.
Cuando mamá entró, abrió los ojos de par en par.
—¡Pero, chicas! ¡Esto parece un volcán de verduras!
—No te preocupes, mamá —dijo Poli muy tranquila—. Estamos haciendo ciencia sabrosa.
—Y está funcionando —añadió Sara, orgullosa—. Ya no tengo miedo de las sopas raras.
Mamá probó una cucharada de la nueva mezcla y sonrió.
—Pues la verdad… ¡está buenísima!
Poli y Sara chocaron cucharas como si fueran espadas.
Epílogo: el Club de las Sopas Valientes
Esa noche, antes de dormir, Poli dijo:
—Tenemos que crear un club.
—¿De qué? —preguntó Sara, ya medio dormida.
—Del Club de las Sopas Valientes. Donde todas las sopas feas tienen otra oportunidad.
Sara bostezó.
—Vale… pero tú eres la presidenta.
—Y tú la jefa de laboratorio —dijo Poli.
Desde entonces, cada vez que una sopa nueva llegaba al plato, Poli y Sara la miraban con respeto.
—¿Fea? —preguntaba una.
—Fea, pero con pinta de interesante —contestaba la otra.
Y así fue como dos primas pequeñas descubrieron que, a veces, las cosas con peor pinta… pueden tener el mejor sabor del mundo.
Poli y la Ensalada Colifuriosa es un cuento divertido al estilo de "Sopita Feosa", con la misma protagonista lista y con carácter, su prima Sara, y un plato que empieza rechazado pero termina conquistando. Ideal para contarlo en 10 minutos a una niña de 3 años, sin cursilerías.
Poli tenía tres años y medio, y reglas muy claras: los calcetines nunca hacían pareja, los monstruos se vencían con canciones de robot, y las verduras crujientes eran sospechosas. Un día, su mamá sacó un plato gigante de ensalada de col americana: col blanca rallada, zanahorias naranjas como rayos láser y mayonesa cremosa que lo unía todo. Parecía un montón revuelto, feo y pegajoso. "¡Puaj! Ensalada Colifuriosa, ¡no la pruebo ni loca!", gritó Poli, tapándose la nariz.
Al día siguiente llegó Sara, la prima de Poli, que siempre traía aventuras. "¿Qué es esa cosa blanca con pelos naranjas?", preguntó Sara arrugando la nariz. Poli, orgullosa, explicó: "Es la Ensalada Colifuriosa. La col es como un dragón blanco crujiente, las zanahorias son espadas afiladas y la mayonesa... ¡es baba de alien!". Sara rio: "¡Parece un monstruo de pantano! ¿La has probado?". Poli negó con la cabeza: "¡Jamás! Pero si la miramos fijo, a lo mejor se rinde".
Poli tomó una cucharada gigante, la olió como detective y... ¡crunch! La col sonó como nieve pisada, la zanahoria picaba dulce y la mayonesa hacía todo suave como magia. "¡Espera! ¡Sabe a verano en la boca! ¡Colifuriosa, eres lista como yo!", exclamó Poli. Sara probó y saltó: "¡Es mejor que helado de zanahoria!".
Desde entonces, cada comida traía un nuevo nombre: "General Zanahoria", "Reina Col Crujiente". Poli y Sara competían por quién inventaba la mejor historia para el plato. Y aunque Poli seguía diciendo "odio las ensaladas... feas", siempre terminaba pidiendo más de la Colifuriosa. Porque las cosas con peor pinta a veces esconden el mejor crunch del mundo.
Poli y la Ensalada Colifuriosa es un cuento divertido al estilo de “Sopita Feosa”, con la misma protagonista lista y con carácter, su prima Sara, y un plato que empieza rechazado pero termina conquistando. Ideal para contarlo en 10 minutos a una niña de 3 años, sin cursilerías.
Poli tenía tres años y medio, y reglas muy claras: los calcetines nunca hacían pareja, los monstruos se vencían con canciones de robot, y las verduras crujientes eran sospechosas. Un día, su mamá sacó un plato gigante de ensalada de col americana: col blanca rallada, zanahorias naranjas como rayos láser y mayonesa cremosa que lo unía todo. Parecía un montón revuelto, feo y pegajoso. “¡Puaj! Ensalada Colifuriosa, ¡no la pruebo ni loca!”, gritó Poli, tapándose la nariz.
Al día siguiente llegó Sara, la prima de Poli, que siempre traía aventuras. “¿Qué es esa cosa blanca con pelos naranjas?”, preguntó Sara arrugando la nariz. Poli, orgullosa, explicó: “Es la Ensalada Colifuriosa. La col es como un dragón blanco crujiente, las zanahorias son espadas afiladas y la mayonesa… ¡es baba de alien!”. Sara rio: “¡Parece un monstruo de pantano! ¿La has probado?”. Poli negó con la cabeza: “¡Jamás! Pero si la miramos fijo, a lo mejor se rinde”.
Poli tomó una cucharada gigante, la olió como detective y… ¡crunch! La col sonó como nieve pisada, la zanahoria picaba dulce y la mayonesa hacía todo suave como magia. “¡Espera! ¡Sabe a verano en la boca! ¡Colifuriosa, eres lista como yo!”, exclamó Poli. Sara probó y saltó: “¡Es mejor que helado de zanahoria!”.
Desde entonces, cada comida traía un nuevo nombre: “General Zanahoria”, “Reina Col Crujiente”. Poli y Sara competían por quién inventaba la mejor historia para el plato. Y aunque Poli seguía diciendo “odio las ensaladas… feas”, siempre terminaba pidiendo más de la Colifuriosa. Porque las cosas con peor pinta a veces esconden el mejor crunch del mundo.




No hay comentarios:
Publicar un comentario